Narrativa breve

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—No tiene necesidad de advertírmelo. Nadie podría mencionar una cosa así en un momento como éste. He pasado por delante del patíbulo. Se había congregado allí el pueblo entero. Nadie estaba indiferente; lloraban todas las mujeres y algunos hombres. El joven estaba de pie en lo alto del patíbulo, entre los alguaciles, y la soga se mecía en el aire sobre su cabeza. Aunque pálido y demacrado, permanecía erguido como un hombre honrado. Y además ha hablado. Ha proclamado su inocencia. Ha dicho que las suyas eran las palabras de un hombre a las puertas de la muerte y que a ojos de Dios no era culpable de nada. Alrededor todos han empezado a gritar: «Te creemos, te creemos». Dos veces ha dicho que estaba preparado, y los alguaciles han cogido la soga y el capuchón negro, pero en ambas ocasiones se ha desatado un gran vocerío: «¡Esperad, esperad, por amor de Dios! ¡Aún llegará el indulto, llegará la absolución!» Por todas partes he visto a gente encaramada a las carretas y las ramas de los árboles, protegiéndose los ojos del sol con la mano para otear la llanura y anunciando a cada rato: «¡Allí! ¿No es eso un hombre a caballo?… No… Sí… Allí a lo lejos se ve desde luego un punto negro… Tiene que ser un caballo». Pero siempre acababa en decepción. Al final, los alguaciles han cubierto la cara del pobre muchacho con el capuchón negro, y la multitud ha prorrumpido en tales lamentos que no he podido resistirlo más. Me he escapado. ¡Cuánto aprecian a ese pobre desdichado! ¡Cuánta compasión ha arrancado de los corazones de las madres!


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