Narrativa breve
Narrativa breve Después de aquello disfrutamos de tres meses de absoluta tranquilidad. La cuenta fue de echarse las manos a la cabeza, como es natural, y yo había dicho que no la pagaría hasta quedar convencido de que la nueva maquinaria no tenía el menor fallo. El plazo estipulado era de tres meses.
Así pues, pagué la factura, y al día siguiente, ni más ni menos, la alarma empezó a zumbar a las diez de la mañana como diez mil enjambres de abejas. Giré las agujas doce horas, de acuerdo con las instrucciones, y esto desconectó la alarma; pero hubo un segundo sobresalto por la noche, de modo que tuve que adelantar el reloj otras doce horas para que la alarma quedara conectada de nuevo.
Este desatino se prolongó una o dos semanas, hasta que vino el técnico e instaló un nuevo reloj. En los tres años siguientes volvió cada tres meses para instalar un nuevo reloj. Pero ninguno de ellos dio resultado. Todos tenían el mismo diabólico defecto: conectaban la alarma durante el día, y no la conectaban durante la noche; y si la conectaba uno mismo, ellos se encargaban de desconectarla en el momento en que volvía uno la espalda.