Principe y mendigo
Principe y mendigo Nuestros dos amigos se abrieron lentamente camino por entre la muchedumbre que llenaba el puente. Esta construcción, que tenÃa más de seiscientos años de vida sin haber dejado de ser un lugar bullicioso y muy poblado, era curiosÃsima, porque una hilera completa de tiendas y almacenes, con habitaciones para familias encima, se extendÃa a ambos lados y de una a otra orilla del rÃo. El puente era en sà mismo una especie de ciudad, que tenÃa sus posadas, cervecerÃas, panaderÃas, mercados, industrias manufactureras y hasta su iglesia. Miraba a los dos vecinos que ponÃa en comunicación —Londres y Southwark—, considerándolos buenos como suburbios, pero por lo demás sin particular importancia. Era una comunidad cerrada, por decirlo asÃ, una ciudad estrecha con una sola calle de un quinto de milla de largo, y su población no era sino la población de una aldea. Todo el mundo en ella conocÃa Ãntimamente a sus vecinos, como habÃa tenido antes conocimiento de sus padres y de sus madres, y conocÃa además todos sus pequeños asuntos familiares. Contaba con una aristocracia, por supuesto, con sus distinguidas y viejas familias de carniceros, de panaderos y otros por el estilo, que venÃan ocupando las mismas tiendas desde hacÃa quinientos o seiscientos años, y sabÃan la gran historia del puente desde el principio al fin, con todas sus misteriosas leyendas. Eran familias que hablaban siempre en lenguaje del puente, tenÃan ideas propias del puente, mentÃan a boca llena y sin titubear, de una manera emanada de su vida en el puente. Era aquella una clase de población que habÃa de ser por fuerza mezquina, ignorante y engreÃda. Los niños nacÃan en el puente, eran educados en él, en él llegaban a viejos y, finalmente, en él morÃan sin haber puesto los pies en otra parte del mundo que no fuera el Puente de Londres. Aquella gente tenÃa que pensar, por razón natural, que la copiosa e interminable procesión que circulaba por su calle noche y dÃa, con su confusa algarabÃa de voces y gritos, sus relinchos, sus balidos y su ahogado patear, era la casa más extraordinaria del mundo, y ellos mismos, en cierto modo, los propietarios de todo aquello. Y tales eran, en efecto —o por lo menos como tales podÃan considerarse desde sus ventanas, y asà lo hacÃan mediante su alquiler—, cada vez que un rey o un héroe que volvÃa, daba ocasión a algunos festejos, porque no habÃa sitio como aquél para poder contemplar sin interrupción las columnas en marcha.