Principe y mendigo
Principe y mendigo Entró un criado con humeante comida, que dejó sobre la mesita de pino, arrimó las sillas y partió, dejando que unos huéspedes tan modestos se sirvieran a sí mismos. Cerróse la puerta, tras él, y el ruido del portazo despertó al niño, que de un salto se sentó en la cama y lanzó una alegre mirada en torno. Luego a su rostro asomó una expresión ofendida y sus labios musitaron con un profundo suspiro:
—¡Ay, mísero de mí! ¡No era más que un sueño!
Luego reparó en el jubón de Miles Hendon, miró al dueño de la prenda, comprendió el sacrificio que había hecho por él, y le dijo gentilmente:
—Eres bueno conmigo. Sí, muy bueno conmigo. Toma esto y póntelo; yo no lo necesitaré más.
Levantóse luego y se acercó al aguamanil del rincón, donde se quedó esperando. Hendon le dijo con alegre acento:
—Ahora vamos a tomar una reconfortante sopa y un buen bocado, porque todo es sabroso y está a punto. Entre eso y el sueño que has echado, volverás a ser otra vez un hombrecito, ya verás.
El niño no contestó, sino que lanzó una mirada llena de grave sorpresa y con cierto aire de impaciencia al imponente caballero de la espada. Hendon se quedó perplejo y dijo:
—¿Qué pasa?