Principe y mendigo
Principe y mendigo —Buen señor, quisiera lavarme.
—¡Ah! ¿Nada más eso? No pidas permiso a Miles Hendon para nada de lo que desees. Puedes servirte a tus anchas de cuanto le pertenece, con entera libertad.
El niño siguió quieto. Es más, una o dos veces dio con el pie unos golpecitos de impaciencia. Hendon se sintió del todo perplejo. Por fin dijo:
—Pero ¿a qué esperas?
—Te ruego que eches el agua y no gastes tantas palabras.
Hendon, reprimiendo una carcajada y diciéndose: «¡Por todos los diablos, esto es admirable!», avanzó con viveza y cumplió la orden del pequeño insolente. Luego se apartó con una especie de estupefacción, hasta que lo despertó de ella una orden: «¡Pronto! ¡La toalla!». Cogió la toalla bajo las mismas narices del niño y se la entregó sin más. Después procedió a reconfortarse con un lavatorio, y, mientras lo hacÃa, su hijo adoptivo se sentó a la mesa y se preparó para comer. Vivamente acabó Hendon con sus abluciones, cogió la otra silla y se disponÃa a sentarse también, cuando el niño le dijo indignado:
—¡Vive Dios! ¿Vas a sentarte en presencia del rey?