Principe y mendigo
Principe y mendigo Después del desayuno fue conducido con regia pompa y acompañado de los grandes dignatarios y de su guardia de cincuenta caballeros pensionistas, que llevaban hachas de combate doradas, al salón del trono, donde comenzó a despachar los negocios de Estado. Su «tío» lord Hertford, se puso junto al trono para ayudar con buenos consejos a la mente regia. Comparecieron el cuerpo de los ilustres próceres nombrados albaceas por el fenecido rey, para pedir la aprobación de Tom a ciertos actos, más bien por ceremonia, si bien no lo era enteramente, puesto que aún no existía Protector. El arzobispo de Canterbury dio cuenta del decreto del consejo de albaceas referente a las exequias de su difunta majestad y terminó por leer las firmas de los albaceas, a saber: el arzobispo de Canterbury, el lord canciller de Inglaterra, Guillermo lord St. John, Juan lord Russell, Eduardo conde de Hertford, Juan vizconde de Lisle, Cuthbert, obispo de Durham…
Tom no prestaba atención, pues una de las primeras cláusulas del documento le tenía perplejo. En este punto, dijo en voz baja a lord Hertford:
—¿Qué día han dicho que fijaban para el entierro?
—El 16 del mes que viene, majestad.
—¡Qué locura! ¿Se conservará?