Principe y mendigo
Principe y mendigo —Con certeza debes recordarme, señor. Soy tu «niño de azotes».
—¿Mi niño de azotes?
—El mismo, señor. Soy Humphrey… Humphrey Marlow.
Apercibiose Tom de que éste era alguno sobre el que sus guardianes deberÃan haberle informado. La situación era delicada. ¿Qué harÃa? Dar a entender que conocÃa a aquel chico, y después demostrar a las primeras palabras que no lo habÃa visto nunca antes. No; esto no podÃa suceder. En su ayuda vino una idea. Trances como aquél podÃan ocurrirle con bastante frecuencia, cuando la urgencia de los negocios separara, como a menudo separarÃa, de su lado a Hertford y a St. John, que eran miembros del consejo de albaceas. Por consiguiente, acaso convendrÃa idear por sà mismo un plan para hacer frente a tales contingencias. SÃ; serÃa una sabia idea. HarÃa la prueba con aquel niño y verÃa hasta qué punto podÃa salir airoso. AsÃ, se pasó la mano por la frente con actitud de perplejidad, y dijo:
—Ahora me parece recordarte, pero mi cabeza está tan trastornada por el dolor…