Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Ah, mi pobre señor! —exclamó el «niño de azotes» con verdadero sentimiento. Y añadió para s×: ¡Pobrecito! Era verdad lo que decÃan, que se ha vuelto loco. Pero infeliz de mÃ, que ya se me olvidaba. Me han dicho que está prohibido aparentar que se ha dado uno cuenta de ello.
—Es extraño cómo me falla la memoria estos dÃas —dijo Tom—. Pero no te preocupes… Ya me voy corrigiendo. A veces un indicio cualquiera basta para recordarme las cosas y los nombres que se me habÃan olvidado. (Y no sólo ésos, a fe mÃa, sino hasta los que no he oÃdo nunca… como verá este chico). Despacha tu asunto.
—Es cosa de poca monta, señor, pero lo mencionaré si Vuestra Majestad me permite. Dos dÃas ha, cuando Vuestra Majestad se equivocó tres veces en griego… en la lección de la mañana… ¿Recuerda?
—SÃ; me parece que sÃ. (Y no miento mucho… Si yo me hubiera metido con el griego no habrÃa cometido tres faltas, sino cuarenta). SÃ, sÃ, ahora recuerdo.
—El profesor, airado por lo que llamaba vuestra incuria y dejadez, prometió que me azotarÃa de firme por ellas, y…
—¿Azotarte a ti? —Exclamó Tom asombrado hasta perder la presencia de ánimo—. ¿Por qué te han de azotar a ti por faltas mÃas?