Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Pero como nada podía detener la llegada del cuarto día, este vino y encontró alicaído y absorto al pobre Tom, que no podía sacudir su mal humor. Los deberes ordinarios de la mañana le aburrieron más de la cuenta, y una vez más experimentó la pesadumbre de su cautiverio.

Muy avanzado el día estuvo en una sala con una grande audiencia, conversando con el conde de Hertford, y esperando de muy mal ceño la hora señalada para la visita de gran número de encumbrados funcionarios y cortesanos.

Al cabo de un rato, mientras Tom se había acercado a una ventana, pudo ver con interés la vida y el movimiento de la gran vía que pasaba junto a las puertas del palacio (y no con interés ocioso, sino con vehementísimo deseo de su corazón de tomar parte en su bullicio y libertad), de hombres, mujeres y niños de la más baja y pobre condición que se acercaban desordenadamente por esa ancha vía.

—Quisiera saber qué es todo eso —exclamó con toda la curiosidad de un niño ante tal acontecimiento.

—Eres el rey —respondió solemnemente el conde con una reverencia—. ¿Tengo tu venia para obrar?

—¡Oh, sí, con mil amores! —exclamó Tom con alegría. Y añadió para sí con viva satisfacción—: En verdad que el ser rey no es todo aburrimiento, pues conlleva sus compensaciones y sus ventajas.


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