Principe y mendigo
Principe y mendigo Llamó el conde a un paje y lo envió al capitán de la guardia con esta orden:
—¡Deténgase a la muchedumbre y pregúntese la causa de ese bullicio! ¡De orden del rey!
Unos segundos más tarde una larga procesión de guardias reales, cubiertos de deslumbrante acero, salió, por las puertas y se formó al través de la vía, frente a la multitud. Volvió un mensajero para decir que la turba iba siguiendo a un hombre, una mujer y una muchacha, que iban a ser ejecutados por delitos contra la paz y la dignidad del reino.
¡La muerte —y una muerte violenta— para aquellos pobres desdichados! Esta idea retorció las fibras del corazón, de Tom.
El sentimiento de la compasión se apoderó de él, con exclusión de todas las demás consideraciones. No pensó un momento en las leyes infringidas ni en el dolor o el daño que aquéllos tres criminales habían ocasionado a su víctima. No pudo pensar, más que en el patíbulo y en el terrible destino que pendía sobre las cabezas de los condenados. Su interés le hizo olvidar por un momento que él no era sino la falsa sombra de un rey, no su esencia, y antes de darse cuenta profirió la orden:
—¡Traedlos aquí!