Principe y mendigo
Principe y mendigo Varias cabezas ancianas entre los allà presentes hicieron movimientos como de alabar la prudencia de la pregunta, mas el alguacil no vio nada de importancia en ella y respondió sin rodeos:
—SÃ, por cierto, señor, y más que nadie. Su casa resultó destrozada, y ella y la niña quedaron sin techo.
—A mi ver le costó caro el poder de hacer tan mal tercio. La engañaron, por poco que pagara por ello; y si pagó con su alma y la de su hija, eso demuestra que está loca, y estando loca no sabe lo que hace, y por consiguiente, no delinque.
Las cabezas de los ancianos asintieron en reconocimiento a la sabidurÃa de Tom, una vez más, y uno de ellos murmuró: «Si el rey está loco de acuerdo con el diagnóstico, es entonces una locura de tal jaez que mejorarÃa la cordura de algunos que yo me sé, si por la gentil providencia de Dios pudieran ellos contagiarse».
—¿Qué edad tiene la niña? —preguntó Tom.
—Nueve años.
—Por las leyes de Inglaterra, ¿puede una niña celebrar pactos y venderse a sà misma, milord? —interrogó Tom, dirigiéndose a un entendido juez.