Principe y mendigo
Principe y mendigo —La ley no permite que un niño celebre ningún pacto importante ni intervenga en él, señor, pues considera que su razón no está capacitada para tratar con la razón madura y los planes perversos de las personas mayores que él. El diablo puede comprar a un niño, si se lo propone, y el niño convenir en ello, pero no a un inglés, porque en este último caso el trato serÃa nulo e inválido.
—Parece cosa harto poco cristiana y mal discurrida —exclamo Tom con sincero entusiasmo— que la ley de Inglaterra niegue a los ingleses privilegios que concede al diablo.
Este nuevo modo de considerar el asunto provocó muchas sonrisas, y quedó en la memoria de muchos, para ser repetido en la corte como prueba de la originalidad de Tom, asà como de sus progresos hacia su salud mental.
La vieja culpable habÃa cesado de sollozar y estaba pendiente de la palabra de Tom, con creciente interés y mayor esperanza. Diose cuenta el niño, y sintió que sus simpatÃas se inclinaban hacia ella en su peligrosa y desamparada situación. Luego preguntó:
—¿Cómo lograron provocar la tormenta?
—Quitándose sus medias, señor.
Esto dejó asombrado a Tom y aumentó su febril curiosidad.
—¡Es maravilloso! —Exclamó con vehemencia—. ¿Produce siempre esa acción tan terribles efectos?