Principe y mendigo
Principe y mendigo —Siempre, señor. Por lo menos, si la mujer lo desea y pronuncia las palabras necesarias, bien con la lengua, bien de pensamiento.
Tom se volvió a la mujer y dijo con impetuoso celo:
—¡Ejerce tu poder! ¡Quisiera ver una tempestad!
Palidecieron súbitamente las mejillas de los supersticiosos circunstantes, a quienes invadió un deseo general, aunque escondido, de largarse más que de prisa. Se le escapó todo esto a Tom, que no pensaba en otra cosa sino en el exigido cataclismo. Al ver la expresión de perplejidad en el rostro de la mujer, añadió: excitado:
—No temas, nada te pasará. Es más… quedarás libre. No te tocará nadie. ¡Da muestras de tu poder!
—¡Oh, rey y señor! No lo tengo. Se me ha acusado falsamente.
—Hablas por temor. Ten bien puesto el corazón; no sufrirás daño. Provoca una tormenta, por pequeña que sea. No quiero nada en grande ni dañoso, antes bien prefiero lo contrario. Hazlo y salvarás tu vida; quedaréis libres tú y tu hija, con el perdón del rey, y a salvo de daño o maldad de nadie del reino.