Principe y mendigo
Principe y mendigo SÃ, para Hendon, el caso era clarÃsimo. No debÃa perder más tiempo en Southwark, sino moverse en seguida a través de Kent en dirección a Monk’s Holm, registrando el bosque e inquiriendo durante su marcha.
Volvamos ahora al desaparecido reyecito.
El rufián a quien el mozo de la posada del puente habÃa visto «a punto de alcanzar» al mozalbete y al rey, no se unió precisamente a ellos, sino que se quedó atrás y siguió sus pasos. Nada dijo. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, y tenÃa el ojo del mismo lado cubierto por un gran parche verde. Cojeaba un tanto, y usaba para apoyarse, un palo de roble. El mozalbete condujo al rey en un tortuoso rodeo a través de Southwark y no tardó en dar en la carretera real, más allá del pueblo. Eduardo, que estaba ya incomodado, dijo que se detendrÃa allÃ, pues a Hendon le correspondÃa ir a él y no a él ir a Hendon. No soportarÃa semejante insolencia y se pararÃa allà mismo. El mozalbete dijo:
—¿Quieres quedarte aquÃ, cuando tu amigo yace herido en aquel bosque? Sea, pues.
El rey cambió de actitud al instante y exclamó:
—¿Herido? ¿Y quién se ha atrevido a herirlo? Pero ésa es otra cuestión. ¡Sigamos, sigamos! ¡Más de prisa! ¿Tienes plomo en los pies? ¿Está herido? ¡Aunque quien lo hirió sea el hijo de un duque, se arrepentirá de ello!