Principe y mendigo
Principe y mendigo Quedaba todavía un trecho hasta el bosque, pero lo cruzaron rápidamente. El mozalbete miró en torno, vio una rama hincada en el suelo con un andrajo atado y siguió el camino al interior del bosque, buscando ramas similares y hallándolas a trechos. Evidentemente eran guías para el lugar a que se encaminaba. De pronto llegó a un claro, donde se veían los ruinosos restos de una casa de labor y cerca de allí un granero que empezaba a desmoronarse. Por ningún lado había señales de vida y un profundo silencio reinaba en el lugar. El muchacho entró en el granero, seguido muy de cerca por el ansioso rey. Nadie allí. Eduardo lanzó al mozo una mirada de sorpresa y recelo, y preguntó:
—¿Dónde está?
Respondiole una burlona carcajada: Al instante el niño montó en cólera, agarró un leño, y se disponía a atacar al mozo cuando llegó a sus oídas otra carcajada sardónica, proferida por el mismo rufián cojo que los había seguido a distancia. Volvióse el rey y preguntó colérico:
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces por aquí?
—Déjate de tonterías y tranquilízate. No es tan bueno mi disfraz que pretendas no conocer a tu padre.
—Tú no eres mi padre. No te conozco. Soy el rey. Si has escondido a mi criado, búscamelo en seguida o te costará caro lo que has hecho.
Con fuerte y mesurada voz replicó Juan Canty: