Principe y mendigo
Principe y mendigo —La recuerdo muy bien aún. Era muy estricta, digna de todo encomio. Su madre fue algo más libre y menos escrupulosa. Una bruja turbulenta, fea y de mal carácter, pero adornada por un talento muy superior a lo común.
—Por lo mismo la perdimos. Su don de quiromancia y otros géneros de adivinación le granjearon al fin nombre y fama de bruja. La ley la asó viva a fuego lento. Me conmovió, y sentà como una especie de ternura, ver de qué manera tan gentil se enfrentó con su suerte, blasfemando y vituperando a toda la multitud que absorta la contemplaba, mientras las llamas subÃan lamiéndole la cara y le chamuscaban los pelos y chisporroteaban alrededor de su cabeza cana… ¿Blasfemando he dicho? ¡Ya lo creo que blasfemando! Si mil años vivieras, no oirÃas blasfemias más en su punto ¡Ay! Su arte murió con ella. Quedan ahora imitaciones inocuas y serviles, pero no blasfemias de veras.