Principe y mendigo
Principe y mendigo El jefe suspiró y otro tanto hicieron sus oyentes. Por un instante cayó una losa de silencio sobre todos los reunidos, porque aun los parias tan endurecidos como aquéllos no son absolutamente negados al sentimiento, sino que experimentan una sensación fugaz de aflicción a grandes intervalos y en circunstancias particularmente favorables, verbigracia, en casos como aquél, en que el genio y el arte se fueron sin dejar heredero. Sin embargo, un interminable trago en ronda no tardó en restaurar los ánimos de los plañideros.
—¿Les ha ido mal a otros de nuestros amigos? —preguntó Hobbs.
—A algunos, sí. Sobre todo a los recién llegados, tales como mendigos hambrientos y sin hogar, que vagaban por el mundo porque les quitaron las tierras para convertirlas en dehesas para ovejas. Se dedicaron a pedir limosna y fueron azotados, amarrándolos a una carreta, desnudos de la cintura arriba, hasta manarles la sangre. Luego volvieron a mendigar, los azotaron otra vez y les cortaron una oreja. Mendigaron por tercera vez —¿qué iban a hacer los pobres diablos?— y fueron marcados en las mejillas con hierro candente y luego vendidos como esclavos. Se escaparon, los pescaron y los ahorcaron. La historia terminó pronto. Otros han escapado, menos mal. Venid aquí, Yokel, Bums y Hodge… enseñad vuestros adornos.