Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Siguió avanzando entre la pavorosa fascinación de aquella nueva experiencia, sobresaltado a veces por el suave murmullo de las hojas secas sobre su cabeza, que parecían cuchicheos humanos, y dio de sopetón con la luz cercana de una linterna. Retrocedió hasta las sombras y esperó. La linterna alumbraba junto a la puerta de un granero que estaba abierto. El rey esperó algún tiempo… No se sentía el menor rumor, y nadie se movía. El estar quieto le dio tanto frío, y el hospitalario granero era tan tentador, que el niño, por fin, resolvió arriesgarlo todo y entrar. Echó a andar de puntillas, y en el momento de cruzar el umbral oyó voces a sus espaldas. Se agazapó detrás de un tonel dentro del granero, y vio entrar a dos labradores, que llevaban la linterna, y empezaron a hacer sus faenas sin dejar de hablar. Mientras se movían en torno con la luz, el rey no dio descanso a sus ojos, y fijándose muy bien en lo que parecía ser un pesebre de buen tamaño, al otro extremo del granero, se propuso acercarse a él a tientas cuando lo dejaran solo. Observó también la situación de una pila de mantas para dos caballos a la mitad del camino, con intento de requisarlas para una noche para uso de la corona de Inglaterra.





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