Principe y mendigo
Principe y mendigo Por fin los hombres terminaron y se fueron, cerrando tras sí la puerta y llevándose la linterna. El tembloroso rey se encaminó hacia las mantas, tan rápidamente como se lo permitían las tinieblas. Las tomó, y, sin tropezar, llegó a tientas al pesebre. Con dos mantas se hizo una cama y luego se tapó con las dos restantes. A la sazón se sentía un monarca feliz, aunque las mantas eran viejas y delgadas, y no de mucho abrigo, y además exhalaban un penetrante olor caballuno que casi le ahogaba.
Aunque el rey estaba hambriento y helado, estaba al propio tiempo tan cansado y soñoliento que esto último empezó a conseguir ventaja sobre lo primero; y no tardó el niño en caer en un estado de semiinconsciencia. Entonces, cuando estaba a punto de perder por completo de vista este mundo, sintió que algo lo tocaba. Despertóse del todo al instante, jadeando para tomar aliento. El gélido horror de aquel misterioso contacto a oscuras casi suspendió los latidos de su corazón. Quedose inmóvil, escuchó sin respirar apenas, pero nada se movió y no sintió el menor ruido. Siguió el rey escuchando y esperó unos instantes, que le parecieron eternos; pero todo siguió quieto y en silencio. Así volvió al fin el niño a caer en la somnolencia, pero de pronto sintió el mismo misterioso contacto. Era siniestro; aquel leve toque de una presencia silenciosa e invisible, y llenó al niño de fatídicos temores.