Principe y mendigo
Principe y mendigo Acercáronse más, dando vueltas tÃmidamente y reconociéndole de pies a cabeza desde todas partes, como si fuera una especie nueva y extraña de animal; como si casi temieran que fuera una clase de animal que mordiera llegada la ocasión. Se detuvieron, por fin, delante de él, cogidas de las manos para protegerse mutuamente, y le miraron harto rato con inocentes ojos. Después una de ellas, con alarde de valor, preguntó con llaneza:
—¿Quién eres, niño?
—Soy el rey —respondió éste gravemente.
Las niñas se sobresaltaron de nuevo; abrieron desmesuradamente los ojos y quedáronse sin poder hablar palabra. Al fin, la curiosidad rompió el silencio:
—¿El rey? ¿Qué rey?
—El rey de Inglaterra.
Las niñas se miraron una a otra, luego le miraron a él y volvieron a mirarse entre sÃ, maravilladas y confusas. Después una de ellas dijo:
—¿Has oÃdo, Margarita? Dice que es el rey. ¿Será verdad?
—¿Cómo puede no ser verdad, Prissy? ¿Iba a decir una mentira? Porque si no fuera verdad, Prissy, serÃa mentira. Claro que lo serÃa. Piénsalo bien. Porque todo lo que no es verdad, es mentira, y no se puede creer otra cosa.