Principe y mendigo

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Como éste era un argumento que no tenía vuelta de hoja, ni dejaba el menor resquicio para refutarlo, los reparos de Prissy no tuvieron ya en qué fundarse. Reflexionó un momento la niña y dijo después esta sencilla frase:

—Si eres de veras el rey, te creo.

—Soy de veras el rey.

El asunto quedó resuelto; la realeza de Su Majestad fue admitida sin más preguntas ni discusiones, y las dos niñas empezaron al instante a preguntar cómo había ido a parar donde estaba, y cómo estaba tan mal vestido, y adónde se dirigía, y una infinidad de preguntas más. Fue un gran consuelo para el reyecito desahogar sus congojas donde no serían objeto de burlas ni de dudas; y así contó su historia con gran calor, olvidando mientras hasta su hambre, su historia fue escuchada con la más profunda y tierna compasión por las dos niñas. Pero cuando les refirió sus últimas aventuras y aquéllas se dieron cuenta del tiempo que llevaba el rey sin comer, no quisieron saber más, y salieron corriendo del granero para buscarle el desayuno.

Sentíase el rey alegre y feliz, y se dijo:


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