Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Su cansada lengua tuvo ahora oportunidad de descansar, porque la del rey, inspirada por el hambre que le atormentaba y por los tentadores olores que salían de las borboteantes ollas y sartenes, se soltó y se lanzó en una tan elocuente disertación sobre ciertos platos apetitosos, tanto, que al cabo de tres minutos se dijo la buena mujer:

—Sin duda he acertado. Ha sido pinche de cocina.

Habló después el niño de su comida con tanto juicio y entusiasmo, que la mujer se dijo:

—¡Dios mío! ¿Cómo puede saber acerca de tantos platos y tan exquisitos? Porque ésos no se comen más que en las mesas de los ricos y poderosos. ¡Ah!, ya veo. A pesar de sus andrajos debe de haber servido en palacio antes de perder la razón. Sí; debe de haber sido pinche en la cocina del mismísimo rey. Voy a ponerlo a prueba.

Ansiosa de convencerse de su propia sagacidad, dijo al rey que se hiciera cargo por un momento de la cocina, diciéndole que podría hacer y añadir uno o dos platos si le parecía. Luego salió del aposento, haciendo una seña a las niñas para que la siguieran. El rey dijo entre dientes:


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