Principe y mendigo
Principe y mendigo Estremeciose el cuerpo de Eduardo, cuya faz palideció. Intentó otra vez libertarse, retorciéndose a un lado y a otro y tirando con frenesí, desesperadamente, pero en vano, para romper sus ligaduras; y entre tanto el viejo ogro no dejaba de sonreírle moviendo la cabeza y afilando plácidamente el cuchillo. De cuando en cuando refunfuñaba.
—Los momentos son preciosos; son pocos y preciosos. Reza la oración de los moribundos.
Lanzó el niño un gemido de desesperación, y jadeante cesó en sus forcejeos; luego asomaron a sus ojos las lágrimas, que cayeron una tras otra por su rostro. Pero esta lastimera escena no logró aplacar al feroz anciano.
Acercábase ya el alba. Al darse cuenta el ermitaño habló bruscamente, con un aire de temor nervioso en la voz:
—No debo permitir más tiempo este éxtasis. La noche ha pasado ya. No tengo más que un momento, sólo un momento… ¡Ojalá hubiera durado un año! Semilla del despojador de la Iglesia, cierra esos ojos que van a morir. Si temes levantar la vista…
Lo demás se perdió en palabras inarticuladas.
El viejo cayó de rodillas, cuchillo en mano, y se inclinó sobre el gemebundo niño.