Principe y mendigo
Principe y mendigo Silencio. Se oyó ruido de voces cerca de la choza y el cuchillo cayó de las manos del ermitaño, el cual arrojó una piel de cordero sobre Eduardo y se levantó tembloroso. Aumentaron los ruidos, y pronto las voces sonaron bruscas y coléricas. Sobrevinieron luego golpes y gritos de socorro, y por fin el rumor de pasos rápidos que se retiraban. Inmediatamente se sintió una sucesión de golpes atronadores en la puerta de la choza, seguida de estas palabras:
—¡Hola! ¡Abrid! ¡Despertad, en nombre de todos los diablos!
¡Oh! Este fue el sonido más grato que cuantas músicas sonaron jamás en los oídos del rey, porque era la voz de Miles Hendon.
El ermitaño, rechinando los dientes con impotente rabia, salió vivamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí, y al instante oyó el rey una conversación parecida a ésta:
—Mi homenaje y mi saludo, reverendo señor. ¿Dónde está el muchacho… mi muchacho?
—¿Qué muchacho, amigo?