Principe y mendigo
Principe y mendigo —Es un secreto… Cuidad de no revelarlo. Yo soy un arcángel.
Soltó Miles Hendon un juramento tremendo, seguido de estas palabras:
—Eso explica muy bien su complacencia. Harto sabÃa yo que no moverÃa pie ni mano en servicio de ningún mortal; pero hasta un rey debe obedecer cuando un arcángel se lo manda. ¡Silencio! ¿Qué ruido es ése?
Entretanto, el reyecito, en el otro aposento, no paraba de temblar tanto de terror como de esperanza, y ponÃa en sus gemidos de angustia toda la fuerza que podÃa, esperando siempre que llegaran a oÃdos de Hendon, y dándose cuenta con amargura de que no llegaban, o por lo menos de que no causaban efecto. Asà esta última observación de Hendon llegó a sus oÃdos como llegarÃa a un moribundo un aliento vivificante desde una fresca campiña. Hizo un nuevo esfuerzo con la mayor energÃa, en el mismo momento que el ermitaño decÃa:
—¿Ruido? No he oÃdo más que el viento.
—El viento serÃa tal vez. Es indudable: era el viento. Yo lo he estado oyendo débilmente mientras… ¿Otra vez? No es el viento. Qué sonido tan raro. Vamos a ver qué es.