Principe y mendigo
Principe y mendigo La alegrÃa del rey era casi insoportable. Sus fatigados pulmones hicieron un terrible esfuerzo con la mayor fe, pero las atadas quijadas y la piel de cordero que le ahogaba, consiguieron frustrarlo. El corazón del pobre niño dio un vuelco al oÃr decir al ermitaño:
—¡Ah! Ha venido de fuera… creo que de ese bosquecillo. Venid, que yo os guiaré.
El rey oyó que ambos salÃan hablando y que sus pisadas expiraban muy pronto, y se quedó solo en un terrible silencio de mal agüero. Parecióle un siglo el tiempo que pasó hasta que se acercaron de nuevo los pasos y las voces, y esta vez oyó además otro ruido, al parecer el de los cascos de un caballo. Luego oyó decir a Hendon:
—No espero más, no espero más. Se habrá perdido en este espeso bosque. ¿Qué dirección ha tomado? ¡Pronto! Indicádmelo.
—¡Oh! Esperad; iré yo con vos.
—Bueno, bueno. La verdad es que eres mejor de lo que pareces. Pienso que no hay otro arcángel con tan buen corazón como el tuyo. ¿Quieres montar? Puedes subir en el asno que traigo para el muchacho, o ceñir con tus santas piernas los lomos de esta maldita mula que me he conseguido. Y en verdad que me habrÃan engañado con ella, aunque me hubiera costado menos de un penique.
—No. SubÃos en vuestra mula y conducid el asno. Yo voy más seguro andando.