Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—Entonces haz el favor de cuidar el animalillo mientras yo arriesgo la vida en mi intento de montar en el animal grande.

Siguió una confusión de coces, pateos y corbetas, acompañados de una atronadora mezcla de maldiciones y juramentos, y, finalmente, de una amarga invectiva a la mula, que debió de dejarla sin ánimo; porque en aquel mismo momento parecieron cesar las hostilidades.

Con inenarrable dolor oyó el atado rey que las voces y los pasos se alejaban y morían. Por un momento abandonó toda esperanza, y una desesperación sombría invadió su corazón.

—Han engañado a mi único amigo para librarse de él. Volverá el ermitaño y…

Terminó dando una sacudida, y en seguida se puso a forcejear frenéticamente con sus ligaduras, hasta lograr sacudirse la piel de cordero que le asfixiaba.

De pronto oyó abrirse la puerta y esto le heló hasta los huesos, pues ya le parecía sentir el cuchillo en su garganta. El horror le hizo cerrar los ojos; el horror le hizo abrirlos de nuevo… y vio delante a Juan Canty y a Hugo.

Habría exclamado «¡Gracias a Dios!»; si hubiera tenido libres las quijadas.

Uno o dos minutos más tarde sus miembros estaban en libertad, y sus captores, asiéndolo cada cual de un brazo, se lo llevaron a toda prisa a través del bosque.


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