Principe y mendigo
Principe y mendigo —¿Ahora salimos con ésas? Has prestado juramento y has jurado en falso al decir que no valÃa más que ocho peniques. Ven en seguida conmigo ante su señorÃa a responder de tu delito… y el muchacho será ahorcado.
—¡Callad, callad! No digáis más, que a todo me allano. Dadme los ocho peniques y callaos la boca.
Fuese la mujer corriendo y Hendon volvió a la sala del tribunal, donde no tardó en seguirle el alguacil, después de esconder su compra en lugar conveniente. El juez escribió un momento más, y después leyó al rey un auto muy moderado y clemente, en el cual le sentenciaba a un corto encierro en la cárcel común, que serÃa seguido de una azotaina pública. El rey, asombrado, abrió la boca y probablemente se disponÃa a ordenar que decapitaran en el acto al buen juez, cuando observó una seña de aviso de Hendon y logró cerrar los labios antes de proferir palabra. Hendon le tomó de la mano, hizo una reverencia al juez y ambos partieron hacia la cárcel, custodiados por el alguacil. En el momento en que llegaron a la calle, el airado monarca se detuvo, desprendió la mano de la de Hendon y exclamó:
—¡Idiota! ¿Te imaginas que voy a entrar vivo en una cárcel pública?
Hendon se inclinó y le dijo con cierta dureza: