Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Mantuvo el juez la dignidad de su cargo y contestó con sencillez:

—Sin duda se puede revisar el valor, porque aún no consta en autos.

—Entonces, en nombre de Dios; decid que el cerdo vale sólo ocho peniques, y bendiga Dios el día que ha descargado mi conciencia de tan gran remordimiento.

En su júbilo, Miles Hendon olvidó toda compostura y sorprendió al rey, y ofendió su dignidad, echándole los brazos al cuello y estrechándole contra su pecho. La mujer se despidió agradecida y salió con su cerdo, y cuando el alguacil le abrió la puerta la siguió a la angosta antecámara. El juez se puso a escribir en los autos. Hendon, siempre alerta, pensó que no estaría mal averiguar por qué había seguido el alguacil a la mujer, y salió de puntillas a la sombría antecámara, y escuchó una conversación más o menos como ésta:

—Es un cerdo muy gordo y promete estar riquísimo. Te lo voy a comprar. Aquí tienes los ocho peniques.

—¿Ocho peniques? ¡Estás fresco! Me cuesta a mí tres chelines y ocho peniques en buena moneda del último reinado, que el viejo Enrique que acaba de morir no había tocado en su vida. ¡Una higa para vuestros ocho peniques!


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