Principe y mendigo

Principe y mendigo

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El juez miró con cierto desasosiego a la multitud, y luego hizo una seña al alguacil, ordenando:

—Despejad la sala y cerrad las puertas.

Así se hizo, sin que quedaran dentro más que el juez y el alguacil, el acusado, la acusadora y Miles Hendon. Este último estaba tieso y pálido y de su frente brotaban gotas de sudor que caían por su rostro. El juez se volvió de nuevo a la mujer y dijo con voz compasiva:

—Éste es un pobre muchacho ignorante, que quizá ha sido hostigado por el hambre… ¿Sabes, buena mujer, que si se roba una cosa de valor superior a trece peniques y medio, dice la ley que el ladrón debe ser ahorcado?

Estremeciose el rey, que abrió desmesuradamente los ojos de terror, pero supo dominarse y guardar silencio. No así la mujer, que se puso en pie de un salto, temblando de espanto, y gritó:

—¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¡Santo cielo! Por nada del mundo querría que ahorcaran al infeliz. ¡Ah! ¡Salvadme de eso, señor! ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer?


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