Principe y mendigo
Principe y mendigo —Reflexiona, señor, que tus leyes son la saludable emanación de tu propia realeza. Si el que las dicta se resiste, ¿cómo podrÃa obligar a los demás a respetarlas? En apariencia se ha infringido una de esas leyes. Cuando el rey vuelva a estar en su trono, ¿podrá humillarle recordar que, cuando era un simple particular, al parecer, desapareció lealmente ante el ciudadano, y se sometió a la autoridad de las leyes?
—Tienes razón; no digas más. Ya verás cómo cualquier sufrimiento que pueda imponer el rey de Inglaterra a un súbdito, con arreglo a la ley, lo padecerá él mismo mientras ocupa el sitio de un vasallo.
Cuando llamaron a la mujer a declarar ante el juez de paz, juró que el preso que se hallaba en la barra era la persona que habÃa cometido el hurto. Como nadie podÃa demostrar lo contrario, el rey quedó convicto. Se deshizo el envoltorio, y cuando su contenido resultó ser un cerdito aderezado, el juez se mostró perplejo, mientras Hendon palidecÃa y sentÃa pasar por su cuerpo una corriente eléctrica de pavor, mas el rey permaneció impertérrito en la ignorancia. Meditó el juez durante una pausa siniestra, y luego se volvió a la mujer, preguntándole:
—¿Cuánto crees que vale eso?
—Tres chelines y seis peniques, señor —contestó la mujer haciendo una cortesÃa—. No podrÃa rebajar su valor un penique para decirlo honradamente[11].