Principe y mendigo

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XXIII El príncipe prisionero

Hendon sonrió a su pesar, mientras se inclinaba y cuchicheaba al oído del rey:

—Calma, calma; príncipe. Habla con cautela… aunque mejor será que no hables. Confía en mí, que todo saldrá bien al final. —Y añadió para sí—: «¡Sir Miles! ¡Anda! ¡Si ya me había olvidado de que era un caballero! ¡Cuán maravilloso es comprobar cómo se aferra su memoria a sus peregrinas locuras!». Mi título es fantástico y necio y, sin embargo, es una cosa que he merecido, porque a mi ver es más honor que le tengan a uno por digno de ser espectro de un caballero en este Reino de los Sueños y de las Sombras, que ser considerado lo bastante rastrero para ser conde en algunos de los reinos de veras de este mundo.

La muchedumbre se apartó para dar paso a un alguacil, quien se aprestaba a poner manos en el hombro del rey, cuando le dijo Hendon:

—Despacio, buen amigo. Retira la mano, porque él irá pacíficamente. Yo te respondo de ello. Ve por delante, que te seguimos.

Echó a andar el alguacil con la mujer y su envoltorio, y Miles y el rey fueron detrás de ellos, seguidos por la turbamulta. El rey se mostraba propenso a rebelarse, pero Hendon le dijo en voz baja:


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