Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Continuó el rey forcejeando por soltarse de la mujer, y exclamando mortificadísimo:

—¡Suéltame, necia criatura! No he sido yo el que te ha despojado de tus mezquinos bienes.

La muchedumbre se agrupó en torno, amenazando al rey y lanzándole insultos. Un herrero fornido, con mandil de cuero y mangas arremangadas hasta los codos, quiso lanzarse sobre él, diciendo que iba a darle una paliza como lección, más en aquel instante centelló una espada en el aire cayó de plano con convincente fuerza sobre el brazo del hombre, en tanto que su estrambótico dueño decía, como quien no quiere la cosa:

—Vamos a ver, buenas almas; procedamos con suavidad y no con mala sangre ni palabras anticristianas. Éste es un asunto para que lo examine la justicia, no para que se trate privadamente. Suelta al muchacho, buena mujer.

El herrero midió con la mirada al membrudo soldado y se alejó refunfuñando y frotándose el brazo. La mujer soltó a regañadientes la muñeca del niño y la muchedumbre miró al desconocido con poca simpatía, pero prudentemente cerró la boca. El reyecito saltó al lado de su salvador, con las mejillas arreboladas y los ojos relucientes, y exclamó:

—Mucho te has tardado, pero ahora vienes muy a tiempo, sir Miles. Hazme pedazos a toda esa canallada.


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