Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Llenose de alegría el corazón del rey, que podía ya escaparse si la empresa de Hugo le llevara algo lejos; pero no había de tener semejante suerte. Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el lío y volvió corriendo y envolviéndole en un pedazo de manta vieja que llevaba al brazo. La mujer prorrumpió en gritos no bien sintió la pérdida por la disminución de peso, aunque no se había dado cuenta del hurto Hugo, sin detenerse, puso el lío en las manos del rey, diciéndole:

—Ahora corre detrás de mí gritando: «¡Al ladrón, al ladrón!», pero ten cuidado de despistarlos.

Un momento después volvió Hugo una esquina y se precipitó por un callejón, y en seguida volvió a aparecer a la vista como un ser indiferente e inofensivo y se colocó detrás de un poste para ver los resultados de su maquinación.

El ofendido rey arrojó el envoltorio al suelo y la manta se le cayó en el momento de llegar la mujer, seguida de una tumultuosa muchedumbre. La mujer agarró con una mano la muñeca de Eduardo, asió el envoltorio con la otra y empezó a insultar al niño, que luchaba sin éxito por desasirse de sus manos. Hugo había visto lo suficiente. Su enemigo había sido capturado y la ley se las entendería con él. Por esta razón se escabulló jubiloso y sonriente y se dirigió hacia el campamento, fraguando por el camino una versión aceptable del caso para contársela al jefe.


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