Principe y mendigo

Principe y mendigo

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A su debido tiempo salió Hugo con su víctima en dirección a un pueblo vecino, y los dos fueron lentamente de calle en calle, uno de ellos esperando un momento seguro de conseguir su malhadado propósito, y el otro esperando con no menos ansia la coyuntura de escapar, y de librarse para siempre de su infame cautiverio.

Ambos desperdiciaron algunas ocasiones que prometían bastante, porque en su interior estaban resueltos a proceder sobre seguro aquella vez, y a no permitir a sus febriles deseos que incurrieran en más aventuras de incierto resultado.

Fue a Hugo a quien se le presentó la primera oportunidad, porque al fin se acercó una mujer que llevaba en un cesto cierto envoltorio grueso. Los ojos de Hugo relucieron de perverso placer al decirse:

—¡Por mi vida! Si puedo imputarle eso al «Rey de los gallos de pelea», estará perdido.

Esperó y acechó pacientemente, al parecer, pero por dentro consumido por los nervios, hasta que hubo pasado la mujer y la ocasión estuvo en su punto. Entonces dijo en voz baja:

—Espera que vuelva.

Y cautelosamente se lanzó tras su víctima.


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