Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Quiso el rey agarrar el garrote de su libertador y calentar las costillas en el acto a los dos bribones, pero el hombre le disuadió, alegando que eso traería disgustos y que era mejor dejar el asunto hasta la noche, pues entonces, reunida toda la tribu; la gente extraña no se arriesgaría a interponerse ni a interrumpirlos. Volvióse la partida al campamento, y el libertador del rey contó el asunto al jefe, quien escuchó, reflexionó y decidió al fin que no dedicaran más al rey a mendigar, puesto que evidentemente era digno de algo mejor y más elevado, por lo cual al momento, le licenció de las filas de los mendigos, y le señaló para hurtar.

Hugo no cabía en sí de gozo. Ya había tratado de hacer que Eduardo robara, sin conseguirlo, pero ahora ya quedaba todo arreglado, porque, como es natural, no se atrevería el rey ni por sueños a desobedecer una orden terminante emanada del jefe. Así planeó una incursión para aquella misma noche, con el propósito de hacer caer al niño en las garras de la ley, y, de lograrlo, con tan ingeniosa estratagema, que pareciese cosa accidental y no intencionada, porque el «Rey de los gallos de pelea» era ya popular, y la partida no habría de tratar con excesiva dulzura a un individuo antipático que les hiciese tan grave traición como la de entregarlo al enemigo común, que era la justicia.


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