Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¡Ah, maldito zorro! ¡Todo lo veo claro! ¡Tú mismo escribiste la fingida carta, cuyos frutos han sido mi novia y mis bienes robados! ¡Ea! Vete de aquí, porque no quiero mancillar mi honrada condición con la muerte de un perro tan despreciable.

Hugo, encendido y casi sofocado, se tambaleó hasta la silla próxima y ordenó a los criados que asieran y ataran al desconocido agresor. Vacilaron, y uno de ellos dijo:

—Está armado, sir Hugo, y nosotros no lo estamos.

—¿Armado? ¿Y qué importa, siendo tantos? ¡A él os digo!

Pero Miles les previno que se anduvieron con tiento en lo que hacían, añadió:

—Todos me conocéis de antiguo; yo no he cambiado. Venid aquí, si os place.

Este recuerdo no les dio a los criados más valor, y siguieron acobardados.

—Entonces id a armaros, cobardes, y guardad las puertas mientras yo envío por la guardia —exclamó Hugo. Y volviéndose en el umbral dijo a Miles—: Será ventajoso para vos que no intentéis inútilmente escaparos.


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