Principe y mendigo
Principe y mendigo Pero Hugo le hizo retroceder gravemente, diciendo a la dama:
—Miradle: ¿Le conocéis?
Al oír la voz de Miles, la dama se turbó levemente, sus mejillas se tiñeron de rubor, y tembló todo su cuerpo. Permaneció inmóvil durante una emocionante pausa de segundos, y, al fin, levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Hendon, con mirada apagada y asustada. De su rostro desvaneciose la sangre gota a gota, sin dejar más que una palidez de muerte; y al fin dijo la dama, con voz tan muerta como el rostro:
—No le conozco. —Dio media vuelta, ahogando un suspiro y un sollozo, y salió temblando del aposento. Miles Hendon se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Después de una pausa, preguntó su hermano a los criados:
—Ya lo habéis visto. ¿Lo conocéis?
Todos movieron la cabeza negativamente, y entonces el dueño dijo:
—Los criados no os conocen, señor. Sin duda hay una equivocación. Ya habéis visto que mi mujer no os conoce.
—¿Tu mujer?
Inmediatamente se vio Hugo acorralado contra la pared, con una mano de hierro en la garganta.