Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¡Ah, señor mío! —exclamó Hendon, sonrojándose levemente—. No me condenes. Espera, que ya verás. No soy un impostor: ella lo dirá. Lo oirás de los más dulces labios de Inglaterra. ¿Yo, un impostor? Yo conozco esta vieja casa, esas efigies de mis antepasados y todo lo que nos rodea, como conoce un niño su propio cuarto. Aquí nací y me eduqué, señor mío. Hablo la verdad; a ti no te engañaría. Y aunque nadie más me crea, te ruego que no dudes tú de mí; no podría soportarlo.

—No dudo de ti —dijo el rey con infantil sencillez y convencimiento.

—Te doy las gracias con toda mi alma —exclamó Hendon con un fervor que revelaba su emoción.

Y el rey añadió con la misma sencillez admirable:

—¿Dudas tú de mí?

Invadió a Hendon una confusión culpable, que le hizo sentirse aliviado al abrirse la puerta para dar paso a Hugo, ahorrándole así la necesidad de replicar.

Una hermosa dama, fastuosamente vestida, seguía a Hugo, y detrás de ella llegaban varios criados de librea. La dama se acercó lentamente, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. Su semblante revelaba una inefable tristeza. Miles Hendon se precipitó hacia adelante, exclamando:

—¡Oh, Edita mía, alma mía!…


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