Principe y mendigo
Principe y mendigo —Se han salvado —exclamó alegremente; pero añadió con tristeza—: Mas, ¡ay de mÃ!, ellas eran las que me consolaban.
Cada una de las mujeres presas habÃa dejado un pedazo de cinta prendida de las ropas de Eduardo, señal de recuerdo. El niño se dijo que las conservarÃa siempre, y que no tardarÃa en buscar a aquellas buenas amigas para tomarlas bajo su protección.
En aquel momento volvió el alcaide con algunos de sus subalternos, y ordenó que los presos fueran conducidos al patio de la cárcel. El rey se puso muy alegre, porque era una cosa magnÃfica volver a ver el azul del cielo y respirar una vez más el aire fresco. Se impacientó y refunfuñó por la lentitud de los funcionarios, pero al fin le llegó la vez y se vio liberado de sus cadenas, con la orden de seguir a Hendon y a los otros presos.
El patio, descubierto, era un cuadrado pavimentado de piedra. Los presos entraron en él por una maciza arcada de mamposterÃa, y fueron colocados en fila, en pie y de espalda a la pared. Tendieron una cuerda delante de ellos, y además los custodiaban los carceleros. Era una mañana frÃa y desapacible, y un poco de nieve, que habÃa caÃdo durante la noche, blanqueaba el gran recinto vacÃo y aumentaba la tristeza general de su aspecto. De cuando en cuando un viento invernal soplaba y hacÃa girar pequeños remolinos de nieve.