Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¿Es ése un delito para que le encierren a uno en la cárcel? Ahora me da dolor saber que voy a perderos, porque no os tendrán encerradas mucho tiempo por una cosa tan leve.

Las mujeres no contestaron, pero algo en sus rostros inquietó al rey, y preguntoles con vehemencia:

—¿No habláis? Sed buenas conmigo y decidme: ¿No habrá otro castigo, verdad? Decidme si no existe algún temor de eso.

Trataron de cambiar de conversación las mujeres, pero los temores del rey se habían despertado, obligándole a seguir:

—¿Os azotarán? No, no serán tan crueles. Decid que no. ¿No os azotarán, verdad?

Las mujeres revelaron entre compasión y pena; pero como no había manera de esquivar la respuesta, dijo una de ellas, con voz desgarrada por la emoción:

—¡Oh! Nos destrozas el corazón, alma cándida. Dios nos ayudará a soportar nuestro…

—¡Es una confesión! Entonces os van a azotar los crueles verdugos. ¡Oh! Pero no lloren, que no puedo sufrirlo. Conserven el valor. Yo recobraré mi calidad a tiempo de salvarlas de tan amargo paso, y no duden que he de hacerlo.

Cuando despertó el rey a la mañana siguiente las mujeres habían desaparecido.


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