Principe y mendigo
Principe y mendigo Esta noticia dejó a Su Majestad mudo de asombro y le sumió en una meditación tan profunda y triste que no oyó nada más de la charla del viejo. Preguntábase si el hermoso muchachito sería el mendigo a quien dejó en palacio vestido con sus propias ropas. No le parecía esto posible, porque muy pronto sus maneras y su modo de hablar le harían traición si pretendía ser el Príncipe de Gales, y en seguida le echarían de palacio para buscar al verdadero príncipe. ¿Sería posible que la corte hubiera puesto en su lugar a un retoño de la nobleza? No, porque su tío no lo habría consentido. Su tío era omnipotente, y podría y querría ahogar semejante movimiento. Sus pensamientos no le sirvieron de nada, pues cuanto más trataba de adivinar el misterio, más perplejo se sentía, más le dolía la cabeza y más intranquilo era su sueño. Su impaciencia por llegar a Londres aumentaba de hora en hora, y su cautiverio se le hizo casi insoportable.
Las artes de Hendon fracasaron con el rey, que no dejábase consolar; mas lo consiguieron mejor dos mujeres que estaban encadenadas cerca de él, con cuyas tiernas palabras y solicitud halló Eduardo sosiego, dándole un tanto de paciencia. Sentíase muy agradecido y llegó a quererlas mucho y a deleitarse con el suave y dulce influjo de su presencia. Preguntoles por qué estaban en la cárcel, y cuando le dijeron que por anabaptistas, el rey sonrió y preguntó: