Principe y mendigo
Principe y mendigo —No temas que le haga caso, buen hombre, no tengo intención de hacérselo; pero a enseñarle algo sà que me siento inclinado. —Volviose a un subordinado y le dijo—: Dale al tontito una o dos probadas de látigo, para enmendar sus modales.
—Media docena le bastarán —sugirió sir Hugo, que habÃa llegado un momento antes a caballo para de pasada echar un vistazo a lo que ocurrÃa.
Prendieron al rey. No se resistió siquiera, tan paralizado estaba ante la mera idea del monstruoso ultraje que se proponÃan infligir a su sagrada persona. La historia ya habÃa sido manchada con la marca de un rey inglés azotado con látigo, y era reflexión intolerable el que él hubiera de proporcionar la copia de aquella vergonzosa página. Estaba en la red, no habÃa remedio, o aceptaba el castigo o rogaba que se le perdonara. ¡Duro dilema! EscogerÃa los azotes, un rey lo harÃa, pero un rey no podÃa suplicar.
Mas, entretanto, Miles Hendon estaba resolviendo la dificultad.
—¡Dejad ir al niño —dijo—, perros desalmados! ¿No veis cuán joven y frágil es? Dejadle ir, yo me llevaré sus azotes.