Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Justo! ¡Buena idea!, y gracias por ella —dijo sir Hugo, su rostro relampagueando de sardónica satisfacción—. Dejad ir al mendiguillo, y dadle a este tipo una docena de azotes; en su lugar, una docena justa, y bien puestos.
El rey iba a iniciar una furiosa protesta, pero sir Hugo lo hizo callar con esta eficaz advertencia:
—SÃ; habla, hazlo y desahógate; pero advierte que por cada palabra que pronuncies él se llevará seis golpes más.
Quitaron a Hendon del cepo y le desnudaron la espalda, y mientras le daban con el látigo, el pobre reyecito volteó la cara, y dejó que por sus mejillas corrieran libres lágrimas poco regias.
—¡Ah, buen corazón valeroso! —Se dijo—: Este acto de lealtad no perecerá en mi memoria, no lo he de olvidar, ¡pero ellos tampoco! —agregó con ardor.
Mientras meditaba, su aprecio de la magnánima conducta de Hendon fue adquiriendo dimensiones más y más grandes en su mente, lo mismo que su agradecimiento. De pronto se dijo:
—El que salva a su prÃncipe de heridas y de una muerte probable —y esto ha hecho él por m×, realiza un alto servicio; pero es poco, ¡es nada, oh, menos que nada; comparado con la acción de aquél que salva a su prÃncipe de la vergüenza!