Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Hendon no gritó al ser azotado, sino que soportó los fuertes golpes con ánimo marcial. Esto, más haber librado al niño sufriendo los azotes en su lugar, forzó al respeto aun a aquella chusma infeliz y degradada allí reunida; sus mofas y gritería terminaron, y no quedó otro sonido que el sonido del caer de los golpes. La quietud que invadió el lugar cuando Hendon se encontró de nuevo en el cepo, contrastaba fuertemente con el clamor insultante que había reinado muy poco antes. El rey se acercó lentamente a Hendon y le susurró al oído:

—Los reyes no pueden ennoblecerte, ¡tú, alma buena y generosa!, porque aquel que está por encima de los reyes lo ha hecho ya; pero un rey puede confirmar tu nobleza ante los hombres. —Recogió el látigo del suelo, tocó levemente con él los sangrantes hombros de Hendon, y susurró—: Eduardo de Inglaterra te hace conde.

Hendon se conmovió. Las lágrimas fluyeron a sus ojos, pero, al mismo tiempo, la comicidad terrible de la situación, y de las circunstancias minó a tal grado su seriedad, que hizo lo que pudo para no mostrar ningún signo de su regocijo interno. Verse de pronto, desnudo y manando sangre, elevado desde el cepo villano hasta la gran altura y esplendor de un condado, le parecía la última probabilidad en el terreno de lo grotesco.


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