Principe y mendigo
Principe y mendigo «El rey, al entrar en la ciudad, fue recibido por el pueblo con plegarias, bienvenidas, gritos y palabras de ternura, y con todas las señales que indican un fervoroso amor de los súbditos a su soberano; y el rey, ofreciendo su alegre semblante para todos los que se hallaban muy distantes, y las más tiernas palabras para aquellos que estaban cerca de Su Gracia, se mostró no menos agradecido de recibir los buenos deseos del pueblo que éste de ofrecérselos. A todos los que le deseaban bien, les daba las gracias; a los que decían: “Dios salve a Su Gracia”, les contestaba “Dios os salve a todos”, y añadía que “Se los agradecía con todo su corazón”. La gente estaba maravillosamente transportada con las amorosas respuestas y ademanes de su rey».
En la calle Fenchurch, un «niño rubio, suntuosamente ataviado», estaba de pie en una tarima para dar a Su Majestad la bienvenida a la ciudad. La última estrofa de su saludo decía las siguientes palabras:
¡Bienvenido, oh rey!
cuanto los corazones pueden juzgar;
Bienvenido de nuevo,
cuanto la lengua puede expresar;
Bienvenido a jubilosas lenguas
y corazones que no han de temblar;
Dios os guarde, le imploramos,
y os deseamos para siempre bienestar.