Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Este primoroso y llamativo espectáculo entusiasmó tanto al regocijado pueblo, que las aclamaciones ahogaron por completo la vocecita del niño cuya misión era explicar la cosa en runas laudatorias. Pero Tom Canty no lo lamentó, porque aquel leal alboroto era para él música más dulce que cualquier poesía, no importa de qué calidad fuera. Cundo quiera que Tom volvía su joven y feliz semblante, el pueblo reconocía la exactitud del parecido de su efigie con él mismo, la contraparte de carne y hueso, y estallaban nuevos torbellinos de aplausos.

La gran procesión siguió adelante, más y más, dejando atrás arcos triunfales, uno tras de otro, y pasando ante una pasmosa sucesión de tablados espectaculares y simbólicos, cada uno de los cuales tipificaba y exaltaba alguna virtud o talento o mérito del reyecito. «En todo Cheapside, de cada cobertizo y de cada ventana pendían banderas y gallardetes, y los más ricos tapetes, paños y brocados de oro tapizaban las calles, muestras de la gran riqueza de las tiendas cercanas, y el esplendor de esta calle era igualado en otras, y en algunas incluso sobrepasado».

—¡Y todos estos prodigios y estas maravillas son para recibirme a mí, a mí! —murmuraba Tom Canty.


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