Principe y mendigo
Principe y mendigo Las mejillas del fingido rey estaban rojas de excitación, sus ojos centelleaban, sus sentidos hormigueaban en un delirio de placer. En aquel punto, justo cuando alzaba su mano para arrojar otra dádiva generosa, vio una cara pálida, asombrada, que se estiraba hacia adelante en la segunda fila de la muchedumbre, sus intensos ojos clavados en él. Una espantosa consternación lo traspasó. ¡Reconoció a su madre! Y sus manos volaron hacia arriba, con las palmas hacia afuera, a cubrirse los ojos —ese ademán involuntario nacido de un episodio olvidado y perpetuado por la costumbre—. Un instante más y ella se habÃa desprendido de la muchedumbre, pasó por entre los guardias y estaba a su lado. Abrazó la pierna del niño, la cubrió de besos, gritó: «¡Oh, mi niño, vida mÃa!», alzando hacia él un rostro transfigurado de alegrÃa y de amor. En el mismo instante un oficial de la guardia real la arrancó de allà con una maldición, y la envió tambaleándose al lugar de donde vino, con un vigoroso impulso de su fuerte brazo. Las palabras «¡No te conozco, mujer!» caÃan de los labios de Tom Canty cuando este lastimoso incidente ocurrió, pero le hirió hasta el corazón verla tratada asÃ, y cuando ella se volvió para mirarle por última vez, mientras la muchedumbre la apartaba de su vista, la mujer se veÃa tan herida, tan descorazonada, que la vergüenza que lo cubrió consumió su orgullo hasta las cenizas y marchitó su usurpada realeza. Sus grandezas se le descubrieron; parecÃan sin valor desprenderse de él como harapos podridos.