Principe y mendigo

Principe y mendigo

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La procesión siguió adelante y adelante, entre esplendores en aumento y crecientes tempestades de bienvenidas, pero para Tom Canty eran como si no existieran. Él ni veía ni oía. La realeza había perdido su gracia y su dulzura; sus pompas se habían convertido en reproche. El remordimiento estaba corroyendo su corazón. Dijo:

—¡Pluguiera a Dios que yo estuviese libre de mi cautiverio!

Inconscientemente había vuelto a la fraseología de los primeros días de su obligatoria grandeza.

La brillante procesión cívica siguió su rodeo, como una radiante serpiente interminable por las torcidas callejuelas de la curiosa vieja ciudad y por entre la multitud que lo vitoreaba; pero el rey aún cabalgaba con la cabeza baja y la mirada perdida viendo sólo el rostro de su madre, y esa expresión herida en él.

—¡Una dádiva, una dádiva! —El grito llegaba a un oído distraído—. ¡Viva Eduardo de Inglaterra! —Parecía que la tierra se cimbraba con la explosión, pero no había respuesta del rey. Éste la oía como se oye el ruido del oleaje cuando llega al oído desde una gran distancia, porque era ahogado por otro sonido que estaba aún más próximo, en su propio pecho, en su acusadora conciencia, una voz que seguía repitiendo aquellas vergonzosas palabras: «No te conozco, mujer».


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