Principe y mendigo
Principe y mendigo Las palabras golpeaban el alma del rey como el doblar de una campana fúnebre golpea el alma de un amigo sobreviviente cuando le recuerdan secretas traiciones hechas por su mano a aquel que se ha ido.
Nuevos encantos se revelaban a cada vuelta; nuevos prodigios, nuevas maravillas aparecían a la vista; los encerrados estruendos de las baterías eran liberados, nuevos raptos brotaban de las gargantas de las expectantes multitudes, pero el rey no daba señales de enterarse, y la voz acusadora que seguía gimiendo en su desconsolado pecho era el único sonido que escuchaba.
Pronto la alegría en los rostros del populacho cambió un poco, y mostraban algo parecido al afán o a la ansiedad; se observó también un descenso en la intensidad de los aplausos. El lord protector de inmediato reparó en estas cosas, tanto como para descubrir la causa. Apretó el paso hacia el rey, se inclinó en la silla, con la cabeza descubierta, y dijo:
—Señor, mala ocasión es ésta para soñar. El pueblo observa tu inclinada cabeza, tu nublado semblante y lo toma por mal agüero. Sé prudente; devela el sol de la realeza y deja que brille sobre esos agoreros vapores y los disperse. Levanta la cara y sonríe al pueblo.